Al llegar a lo que se considera la mitad de la vida, sobre los cuarenta años, bastantes personas se han cuestionado ya su vida en pareja y algunas de ellas hacen cambios significativos: unas se divorcian y emprenden un camino de soledad y otras se divorcian, para después de un corto lapso de tiempo, emparejarse de nuevo. También hay otro grupo, el que no se divorcia y sigue con su pareja de siempre. Pero indefectiblemente al llegar a esa frontera simbólica de la mitad de la vida, uno se hace preguntas y se cuestiona su forma de vivir y también si quiere seguir así todo el tiempo que le queda.
No hay respuesta para todos, no hay fórmula, tan sólo hay respuestas temporales que cada persona se da en cada momento. Aunque algo cambia, hacerse la pregunta ya cambia la perspectiva e inevitablemente se incorporan cambios en cada relación. Por que eso del amor eterno ha dado mucho juego en la literatura y en el cine, tal vez porque eso es lo que se desea, pero desde ya hace tiempo, palabra eterno asusta más que motiva. Queremos amar y ser amados, pero de la misma manera en que vamos cambiando, también cambia el tipo de amor que queremos. Es decir, la loca pasión desenfrenada de los 20 años, a los 40 resulta más un incordio que otra cosa, porque ya no somos las personas que teníamos 20 años, sino que esos veinte años han incorporado en nosotros y también en los demás otras prioridades y otras calidades de los afectos.
Nos volvemos más selectivos a medida que pasa el tiempo, no queremos las cosas a cualquier precio, sino tan sólo las que advertimos que podemos pagar sin grandes estropicios, y esa selección va aumentando con la edad si uno es mínimamente consciente. La verdad es que amamos de otra manera de la que amábamos en el principio de nuestros amores, y esa es otra manera, es como el devenir de una corriente de un río, nunca es la misma agua. El deseo de amar, está ahí, pero la forma va cambiando a lo largo del tiempo, en su labor escultórica, dejará al descubierto la esencia y la separación del lastre de la forma.
Por eso, creo que un signo de madurez afectiva e intelectual ese darse cuenta de cómo cambian los sentimientos sin tomarlo como una pérdida irrecuperable. No dejamos ni nos dejan de amar, sino que nos amamos de otra manera, tal vez de la manera que nuestro paso por el tiempo nos permite.
No hay respuesta para todos, no hay fórmula, tan sólo hay respuestas temporales que cada persona se da en cada momento. Aunque algo cambia, hacerse la pregunta ya cambia la perspectiva e inevitablemente se incorporan cambios en cada relación. Por que eso del amor eterno ha dado mucho juego en la literatura y en el cine, tal vez porque eso es lo que se desea, pero desde ya hace tiempo, palabra eterno asusta más que motiva. Queremos amar y ser amados, pero de la misma manera en que vamos cambiando, también cambia el tipo de amor que queremos. Es decir, la loca pasión desenfrenada de los 20 años, a los 40 resulta más un incordio que otra cosa, porque ya no somos las personas que teníamos 20 años, sino que esos veinte años han incorporado en nosotros y también en los demás otras prioridades y otras calidades de los afectos.
Nos volvemos más selectivos a medida que pasa el tiempo, no queremos las cosas a cualquier precio, sino tan sólo las que advertimos que podemos pagar sin grandes estropicios, y esa selección va aumentando con la edad si uno es mínimamente consciente. La verdad es que amamos de otra manera de la que amábamos en el principio de nuestros amores, y esa es otra manera, es como el devenir de una corriente de un río, nunca es la misma agua. El deseo de amar, está ahí, pero la forma va cambiando a lo largo del tiempo, en su labor escultórica, dejará al descubierto la esencia y la separación del lastre de la forma.
Por eso, creo que un signo de madurez afectiva e intelectual ese darse cuenta de cómo cambian los sentimientos sin tomarlo como una pérdida irrecuperable. No dejamos ni nos dejan de amar, sino que nos amamos de otra manera, tal vez de la manera que nuestro paso por el tiempo nos permite.
AUT@R: Remei Margarit, Psicóloga y Escritora. Publicado en La Vanguardia


