16 de diciembre de 2007

"HOJA SECAS"


Para la chiquillería de mi época, pisar hojas secas era una de las obsesiones propias del otoño. Eran unos tiempos en qué aquello activaba la imaginación y permitía sacar todo el zumo de las pequeñas cosas.
Cuando salíamos al campo, no solíamos ir solos, puesto que nos acompañaban las madrinas a cosechar hierba para los conejos, a espigar trigo o trufas y recoger picos por hacer fuego.
Pero la chiquillería siempre encontraba algo por iniciar el juego. Un día, después de una carrera desenfrenada por hacer el máximo de ruido pisando hojas secas, perdí una zapatilla cosa que provocó la risa de toda la camaradería infantil. Entonces, la madrina sentenció: -Ya lo sabes, o la encuentras o habrás de ir a la pata coja descalza
No era para menos, porque aquellas zapatillas eran el único calzado de qué disponía. Cuando se despuntaban me ponían un trozo de ropa usada. Recuerdo que eran de marca “La Cadena” y compradas en la zapatería de la calle Mayor, dónde también me compraban los zapatos de invierno –unas botas de media caña de piel de conejo de color entre verde y gris curvadas y con suela de madera enganchada a la piel de conejo con una fina lámina de lata clavada con tachuelas
Cuando cumplí diez años, me compraron unos zapatos de cuero basto suelas de goma que decían que eran de rueda de tractor y que provenían de América. Me debían servir para el invierno
Como que se podía comprar poco y éramos muchos quienes nos encontrábamos en aquellas condiciones, siempre me aconsejaban que me comparara con quienes estaban peor, porque así me sentiría afortunada. Por desgracia, y haciendo, algo de memoria histórica, se recuerda con tristeza todos aquellos niños que, con sus madres, pasaban atados con cuerdas. Habían intentado cruzar la frontera y, tras dormir en Casa Dora, los traían de regreso a su lugar de origen. O también aquella chiquillería que empezaba a llegar de otras regiones de España, con sus padres deseosos de encontrar una vida mejor.
Tengo presente un día en el hospital de la Villa. Una amiga de Saneja hizo la comunión, y sus padres, como muestra de agradecimiento, trajeron presentes para los pobres que pedían en el hospital. Como se pueden imaginar, acompañamos a los padres en aquel acto tan triste. Nos recibió una monja con un niño a los brazos. A propósito del niño, que era un saco de huesos y mocos, la monja dijo: - No vivirá demasiado, está así de la “miseria”.
Aunque la chiquillería tiene facilidad por habituarse a muchas cosas, incluso desagradables, aquellos hechos me marcaron profundamente. Tanto que cuando, este otoño los medios de comunicación se han referido a tristes acontecimientos, tan actuales como del pasado, me han hecho aflorar aquellos recuerdos casi arrinconados. Por esto he decidido salir al campo y buscar, en la sonoridad del pisar las hojas secas, la parte más agradable de un otoño.

“Semproriana”

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